El Fetiche del Engagement

Autor: Adrian Solca · 2026-06-29

En la era del software transaccional, celebrar que alguien pasa catorce minutos dando vueltas en tu producto utilitario es el equivalente absoluto a alegrarte porque el plomero lleva cuatro horas metido en tu baño sin lograr arreglar la fuga.Durante más de una década heredamos un mode

El Fetiche del Engagement

En la era del software transaccional, celebrar que alguien pasa catorce minutos dando vueltas en tu producto utilitario es el equivalente absoluto a alegrarte porque el plomero lleva cuatro horas metido en tu baño sin lograr arreglar la fuga.

Durante más de una década heredamos un modelo de éxito traído directamente de las entrañas de Silicon Valley: la economía de la atención. Nos enseñaron a diseñar interfaces cuyo único propósito aparente era retener globos oculares frente a una pantalla. Si diseñabas una red social y vendías espacios publicitarios, ese modelo tenía sentido. Pero el problema es que te trajiste ese mismo manual al B2B de logística corporativa, a la fintech de microcréditos regionales y a la plataforma interna de recursos humanos. Lugares donde el usuario no quiere estar, sino resolver un problema para poder marcharse a vivir su vida.

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Hoy, la infraestructura de la tecnología cambió las reglas del juego. Obligar a alguien a interactuar con un sistema de forma prolongada, especialmente cuando están de por medio bases de datos pesadas o procesos impulsados por inteligencia artificial, ya no es una victoria de lealtad. Es una fuga directa de capital en tu factura de servidores.

El taxímetro de la infraestructura

Piensa en esa interacción diseñada para ser “inmersiva” y “exploratoria”. Lo que realmente causaste fue dejar el taxímetro del servidor corriendo a la espera de un pasajero que no sabe a dónde va. Las empresas apenas están despertando a una realidad brutal: cada segundo adicional que un usuario pierde interactuando de manera inprecisa con un producto, cuesta dinero real y contante en poder de cómputo.

Esta sangría se vuelve exponencialmente más crítica cuando le sumas modelos generativos a la ecuación. Como ya escribí antes, cada consulta dudosa o fricción estúpidamente orquestada exige cálculos de fondo que facturan en dólares de Amazon Web Services, Azure o Google Cloud.

Si el corporativo te pide que hagas la experiencia “más envolvente” para que la gente cotice un seguro y tu respuesta es añadirles cinco animaciones dinámicas que requieren seis llamadas inútiles a sistemas legados, estás cavando la tumba del margen financiero.

—”Oye, ¿y si hacemos que el usuario pueda explorar tres escenarios distintos de crédito al mismo tiempo antes de decidir su tabla de amortización?” —”Claro, obliguemos a la arquitectura a procesar ciento cincuenta variables extra por sesión para que al final rechacen la oferta igual. Seguro AWS nos manda una tarjeta de Navidad.”

Si tu producto requiere que alguien haga diez clics y espere tres respuestas fragmentadas para obtener un dato limpio que una consulta SQL básica entregaría en un milisegundo, tu arquitectura de experiencia está financieramente quebrada y ninguna librería de componentes impecable va a maquillarlo.

El radar que nadie quiere mirar

Si quieres tener herramientas para defender tu oficio frente al teatro corporativo, apóyate en quienes llevan advirtiendo esto desde antes que los dashboards de retención nos nublaran el juicio. Según el Nielsen Norman Group en su reporte de Usability Metrics, el tiempo de una tarea (Time on task) es un arma de doble filo: mientras más rápida y expedita sea la ejecución en un entorno transaccional, mayor es la usabilidad real. Un tiempo largo rara vez denota fascinación; casi siempre acusa confusión severa.

Aun así, arrastramos la mala costumbre de maquillar la confusión como retención. Y esto lo pagamos carísimo en Latinoamérica. Allá en la casa matriz, en Europa o Estados Unidos, los directores firman presupuestos de infraestructura en millones de dólares anclados a proyecciones infladas. Pero cuando a mitad de año revisan los P&L y descubren que el costo de adquisición y el costo de mantenimiento (compute costs) por usuario activo no hacen sentido matemático, la guillotina no cae en sus oficinas. Cae en la región.

Las famosas “reestructuraciones globales de talento” ocurren. De pronto, tu equipo en Bogotá, Santiago o Guadalajara amanece con la mitad del headcount porque al corporativo ya no le cuadraron las cuentas. Todo, parcialmente propiciado por equipos de Diseño que decidieron que la eficiencia era aburrida en favor de ganar un like imaginario.

Diseña para la salida rápida

El valor de un Diseñador Mid-Senior hoy, el elemento que realmente separa a un colocador de rectángulos de un arquitecto de decisiones de negocio, radica en entender la viabilidad financiera de cada interacción.

Empieza por dejar de perseguir las métricas de vanidad que tus Product Managers copiaron de un libro de los 2010s. Oblígalos a tener conversaciones incómodas. Cuestiona la retención. Cuestiona los clics acumulados. Exige que el éxito empiece a medirse en “Tiempo Ahorrado” transaccional. Haz que la directiva de la empresa entienda que reducir la fricción de cuatro pasos a dos no es un capricho estético para ganar premios en Behance; es una reducción directa de costos operacionales que impacta el fondo de ahorros de la compañía el mismo día del despliegue.

Diseñar hoy significa optimizar de forma agresiva para la salida. Significa entregarle a las personas el valor que pidieron y sacar la interfaz del camino tan pronto como sea físicamente posible.

Menos pantallas, menos retención falsa, menos facturas sorpresa en dólares por tiempo de cómputo inútil. Quita tu ego del medio, apaga el taxímetro y deja que las personas y los servidores descansen.

Felices trazos.

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